Título: En El Sammath Naur

Autor: Aratlithiel

Resumen: Frodo reclama el Anillo

Categoría: Drama

Personajes: Frodo

Calificación: PG

 

 

13 de Mayo del 2.003

 

EN EL SAMMATH NAUR

 

 

Caminaba hacia su muerte. Dulce consuelo. No esperaba nada más.

 

Frodo echó una última mirada atrás a su amigo. Sam estaba sobre Gollum, con los ojos encendidos, la espada dispuesta sobre la garganta de la criatura y los músculos tensos, a punto de verter su sangre por una justa causa. Se volvió hacia el camino serpenteante que le conduciría al fin de su búsqueda – y no le cabía duda alguna de que también al de su vida,- y así, cerró los ojos, grabando la imagen de Sam en su memoria, rezando por que le diese las fuerzas para hacer lo que debía hacer, ... pese a que en su corazón sabía que no sería suficiente.

 

Lo supo ya cuando yacía en la torre, helado y despojado de todo, con aquel vacío sobre su pecho: supo que su misión estaba fuera de su alcance. Lo supo desde que sintió el confortador peso del objeto al arrancarlo de las manos de Sam y recuperarlo, al sentir los ecos de las acusaciones retumbando en la cámara oscura: que el Anillo se había entrelazado con su alma y que nunca podría separarse de Él por su propia mano. Las torturas inenarrables en poder de los orcos no eran sino un precio ridículo a pagar por tener una vez más el Anillo en su pecho, colgado de su cuello. El peso de Su constante carga y el horror y la belleza de Su incesante canción le suponían una penitencia indescriptible y destructiva por sentirlo contra su piel, con el sonido de su melodía fluyendo por sus venas.

 

Se había perdido ya por completo en Él, y aunque sabía lo que debía hacer y lo intentaría con sus últimas fuerzas y su último aliento, su corazón le susurraba que ya había sido derrotado; moriría allí con Su canción resonando en sus oídos y Su risa destrozando su mente.

 

Los pies le llevaron hasta la negra puerta al lado de la Montaña y el calor y los vapores le envolvieron guiándole hacia el último acto de aquella Cosa que le había arrastrado entre tantos enemigos y tormentos. Llegó hasta el Sammath Nour con pies destrozados y piernas temblorosas, hasta el abrazo del humo y el fuego que serían su última visión en este mundo que iba a dejar. Su mente escudriñó en busca de cosas más agradables que contemplar, - la colina de Bolsón Cerrado bajo su manto esmeralda; los majestuosos mallorns de Lothlorien, las ramas alcanzando el cielo para siempre y guardando sus tesoros bien protegidos mientras la melodía de Nimrodel resonaba y celebraba su canción; las caras de sus amigos dejados atrás, uno tras otro, hasta quedarse solo en su condenación...- ya no podía ver ninguna de estas cosas. Se lo habían arrebatado hacía ya mucho, y la misericordia de poder verlas una vez más antes de sumirse en el olvido que le aguardaba era demasiada esperanza para un lugar tan diabólico... con aquel odiado/amado abalorio apretado fuertemente en su mano.

 

Llamas rojas saltaron desde el abismo ante él, transformando el brillo anaranjado de la cámara en una macabra danza de resplandores y sombras, espectros de cosas amadas y perdidas fundiéndose en un waltz obsceno contra la negra roca y las cortinas de fuego. Le deslumbraron los ojos, su cuerpo se resintió del calor y los vapores que castigaban su piel e inflamaban sus pulmones. Se le llenaron los oídos con el rumor y el rugido del fuego más abajo, como si cantaran armoniosamente con el Anillo en su puño, y la canción palpitaba a través de su carne hasta alojarse en el interior de su corazón desfallecido. No se sorprendió al notar que perdía los sentidos, - al fin y al cabo, ya le habían arrebatado todo lo demás.- No se asombraría ante un final entre llamas vacías, la dentellada del hielo o un fuego frío, congelando su alma hasta consumir su voluntad.

 

Lo que sí podía sentir en aquel maligno lugar era la presencia palpable de Su obsceno origen. Le alcanzaba, y le envolvía en un vil abrazo que le confortaba y le aterraba a un mismo tiempo. Apoyó la cabeza en Su pecho y sintió el latido de Su maldito corazón mientras Su música canturreaba en sus oídos y él se dejaba arrastrar por el deleite y el horror de Su voz suave y estremecedora. Latía con Su aliento en sus propios pulmones y bailaba al son de Su espantosa, magnífica melodía.

 

Pendo del filo de la navaja, mis manos están rotas y sangrantes. ¿Me sostengo y prolongo el dolor, o me dejo ir y prolongo la caída?

 

Abrió el puño y contempló el pequeño aro dorado que reposaba expectante en la palma de su mano. La canción escapaba mientras se le aflojaban los dedos, flotando a través de él, dentro de él, alrededor de él. Su llamada se arremolinaba ante sus ojos y le acariciaba los oídos con cálido aliento. Le quería. Le deseaba. Cerró los ojos, - tanto en un gesto de aceptación como de rechazo.-

 

El fuego crepitó más alto desde el abismo, agitándose y revolviéndose como si se estuviera preparando para el Fin que había venido a culminar. Observó fascinado cómo las llamas danzaban retozando por la suave superficie de oro en su palma, y su mano tembló de odio y de amor mientras se extendía hacia las llamas de Su concepción.

 

Tan cerca. Tan cerca de completar su tarea, tan cerca de dejar que se deslizara de su mano para caer, para acabar de una vez por todas con aquellos reflejos rojos y negros que refulgirían en Su caída hacia Su muerte. Se preguntó si Le oiría gritar en Su final, mientras se unía a las llamas y la roca fundida de Su nacimiento... si Le oiría llorar como si fuera algo vivo.

 

Pero le llamó. Le alcanzó con dedos de fuego helador que atenazaron su alma y congelaron su corazón. Se le escaparon lágrimas de desesperación y regocijo, tan ardientes que le quemaban a su paso las mejillas. Su brazo se detuvo y su mano tembló como si revoloteara flotando sobre el abismo de llamas,- la tentación luchando contra su ya cansada bondad.

 

Había atrapado su alma... ahora lo sabía. Debía dejarlo caer. Pero cuando lo intentaba su espíritu – atado al Anillo por los años de paciente custodia, meses de cansados viajes y crueles tormentos,- ...su espíritu parecía caer con el Anillo, y ya estaba demasiado agotado y destrozado. Se iba a quedar vacío, despojado de su mente, de su corazón y de su alma.

 

El peso del Anillo le confortaba y no veía ni oía nada que no fuera la hermosura y malevolencia que reposaba en la palma de su mano. Se sintió arrastrado a la oscuridad como si ésta fuese Su centro, y él se retorciera de éxtasis y repulsión dentro de Su abrazo dorado.

 

Sintió cómo su último atisbo de voluntad forcejeaba en su mente, chillando, aullando, tratando desesperadamente de  conminarle a hacer lo que había venido a hacer, acabar con su misión, completar su Búsqueda. Le suplicaba que lo desprendiera de su mano ahora, antes de que fuera demasiado tarde, y chillando y aullando ante la negativa.

 

El Anillo le arrastraba a Su interior y obligaba a su cuerpo a desobedecer a lo que quedaba de su quebrada voluntad, que le instaba a que lo destruyera y lo dejara caer por entre los dedos lacios para que se derritiera por fin entre los fuegos donde había sido forjado. Oyó muy débilmente la voz de alguien a quien le parecía conocer, pero que no recordaba, llamándole. Estaba demasiado perdido en su interior, hundido bajo Su peso aplastante, y veía cómo su cuerpo obedecía las órdenes del Anillo mientras su mente gritaba inútil contra el poder sofocante que le sometía. Sintió ceder el último resquicio de voluntad, conquistada y dominada, y arrojada a los confines de su mente como si muriese igual que una criatura lamentable a los pies de su verdugo y salvador. Los pulmones se le llenaron de aire ardiente y de su garganta brotó una voz forzada que no era la suya...

 

- He llegado,- dijo.- Pero ahora he decidido no hacer lo que he venido a hacer. No lo haré. ¡El Anillo es Mío!-  y se lo puso en su dedo.

 

Hubo un silencio aplastante, y un estruendo ensordecedor. Su visión se oscureció hasta volverse negra, y aun así, lo vio... todo.

 

Oyó a Sam inspirar tras suyo y él era el aire, y era los pulmones que lo inhalaban. Era el corte profundo en la frente de Sam, era el dolor que emanaba de la herida, y era la gota de sangre que corría bajando por su rostro sudoroso y por sus ojos abiertos de horror y desesperación.

 

Él era el sueño oscuro que alcanzaba al Caballero de Rohan, y era la lágrima que lloraban sus ojos mientras yacía  envuelto en linos blancos y la fría agonía en las Casas de Curación.

 

Él era el Soldado de Gondor aplastado por el troll ante la Puerta Negra, y era la sangre negra que se filtraba y empapaba la piel de los pequeños seres debajo. Él era el grito de desesperación que había exhalado el soldado antes de que el peso cayera sobre él, y era el deseo de ver la luz del sol y los verdes pastos que había sentido el soldado antes de su caída.

 

Era el susurro del viento entre las alas de las Águilas y el chillido espantoso de los Nazgul rasgando el aire.

 

Él era Celebrimbor contemplando la belleza de Annatar cuando se le adiestraba en el Arte de la forja. Él era el fuego en que se había concebido, y el molde en el que se había vertido. Era el sentimiento de traición en el corazón de Celebrimbor cuando descubrió el Anillo Único en el dedo de su amigo y enemigo.

 

Era el destello de luz del día en la túnica blanca que vestía el mago,- el mago... ¡vivo! – y era la negra piedra y el fino polvo sobre el que se erguía. Y vio la verdad de la Búsqueda en el corazón del mago, y entonces fue el dolor y la traición que brotaban de sí mismo ante la verdad que golpeaba su alma. Vio la misma verdad en el corazón del Señor Elfo, y la traición agitó su espíritu y aplastó su corazón.

 

Lo sabían. El mago, los Sabios... todos ellos. Ya sabían desde el principio que llegaría allí con el corazón sangrante en las manos, sabían que no podría vencer en aquella lid, sabían que se quebraría por el peso del Anillo, y que destrozaría su alma en aquella tierra maldita. Sabían que apartarlo de su mano, aquí, en el lugar mismo de su diabólico origen, era imposible. Lo sabían... y le habían enviado, de todos modos. Le habían enviado hacia la perdición en aquel terrible abismo, y sabían que sería su fin.

 

Se tambaleó por el estupor y el dolor ante la revelación, y se le derramaron lágrimas de rabia y desesperación.

 

Soy el sacrificio que requiere el Bien para derrotar al Mal. Soy la sangre que debe verterse para que el mundo sane. Soy las lágrimas que deben llorarse para que la dicha encuentre su lugar en este mundo maltrecho. Soy el cuerpo que debe ser destrozado y su sangre derramada en estas tierras malditas para purificar las sombras.

 

Y lloró por el engaño. Lo habría hecho, de todos modos. Habría venido. No teníais que haberme mentido. Yo lo habría intentado...

 

Cerró los ojos y los oídos y el corazón al silencio, al rumor, al fuego. Se cerró a sí mismo a todo y se dirigió hacia las llamas.

 

Siseos y arañazos, y su cuerpo reaccionó, con la mente aún abotargada. – Si llevándolo, te ordenara...- manos largas y blancas le buscaban, estrangulándole en la garganta.- que te arrojaras al fuego... – Un aliento ardiente y rancio jadeaba y se movía rápidamente frente a su rostro,-  tendrías que obedecer...- Dientes afilados atravesaron hueso y tendones, y cayó sobre sus rodillas, mientras Su canción de triunfo continuaba en su mente, mezclada con los gritos de la criatura que bailaba su locura ante sus ojos,- ... tal sería mi orden.

 

Desde los abismos llegó su último lamento ¡Tesssoro! Y desapareció para siempre.

 

La canción de victoria se tornó en gritos de rabia y furia, y con Su último alarido de agonía le maldijo.

 

Silencio.

 

Vacío.

 

Moriría aquí, entre los torbellinos de fuego y cenizas, y lo aceptó. Lo agradeció incluso. El fin de todo, y podría descansar sus cansados huesos y dormir el sueño del olvido final. Dulce consuelo. No había esperado hallar otra cosa, después de todo.

 

 

Traducción: Balboa

Feedback

BACK to GenPage

BACK to Fanfic Index

BACK to Main