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Título: Hijo de Gondor
Autor: Aratlithiel Resumen: Boromir reflexiona acerca del destino del Portador del Anillo Categoría: Drama Personajes: Boromir, Frodo Calificación: PG
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5 de Noviembre del 2.003
HIJO DE GONDOR
Te miró mucho tiempo, Portador del Anillo.
Oh, si pudiera saber lo que te ofreció ella, lo que susurró a tu corazón... y lo que tu corazón respondió.
Los sueños se vuelven más difíciles de soportar, y el horror que engendran en su corazón más difícil de disimular. Su ciudad devastada, la maligna oscuridad vagando como una bestia sinuosa a través de la tierra, la luz desafiante del cielo del oeste parpadeando, y finalmente sucumbiendo a las sombras sofocantes que se arrastran por las llanuras, devorando toda vida en su fría negrura mientras avanza.
El hobbit, - otrora una leyenda entre su gente, y ahora amigo y compañero,- el hobbit... No. No pensará en ello.
¿A quién se le ocurre enviarle tales horrores para jugar dentro de su cabeza en las frías vigilias de la noche? ¿La bruja? ¿Ella, que viene disfrazada como una amiga sonriente, y juega a juegos crueles poniendo a prueba su sinceridad y su honor? ¿O no será...?
Cierra los ojos; un viento helado y unos gritos guturales a través de un rechinar de dientes, fauces amarillentas le vienen a la mente. Un miedo insoportable y un vacío inmenso le atenazan, le desbocan el corazón atravesado por la mordedura de un acero afilado, y dejan heridas abiertas y sangrantes en el pecho.
Frío y vacío, se queda encogido en una cansada súplica a la oscuridad. No tiene sentido, ni razón de ser. Sólo hay una sofocante oscuridad y una risa. Insignificante y roto, se tambalea por los confusos pasillos de su mente, se pierde dentro de sus muros retorcidos y ruinosos, gira en los sinsentidos de su alma y aguarda su final, la bendita liberación.
A veces flaquea, y aparece el dolor. Dolor. Corriendo por sus venas, separando la mente de su cuerpo, desnudando su espíritu y desmenuzándolo en trocitos que caen al suelo para desaparecer con un siseo, evaporándose sobre la roca ardiente sobre la que se sostiene. Le vacía, le llena, le quiebra la piel, rasga su mente con garras de hielo que abren surcos de fuego en su corazón, lo corroen hasta deshacérselo y que sangre por su pecho.
El fuego escapa por sus poros, danza en la punta de sus dedos. La sangre brota de sus ojos y cae a sus pies, arrastrando el mundo, bautizándole con humo y cenizas. Voces crueles atraviesan su alma, golpean su espíritu vacilante ante la embestida.
‘Él’ puede bajar el sol de los cielos si ése es Su deseo. Puede tornar la noche en día o borrar a ambas cosas si le parece. ‘’Él’ lo es todo y todo es ‘Él’. Lo es todo: es el Único y es nada. ‘Él’ puede sostener la Torre Blanca en Su mano y reducirla a polvo o arrojar las montañas al mar con un gesto de su dedo.
Nota ese poder, demasiado vasto para su piel, demasiado pesado para su mente. Le está rompiendo, rompiendo, le succiona la vida aun cuando parece que fluye en su interior. Es suyo para que le ordene, suyo para que le posea, para que le componga y para que le destroce, y al final sólo para acabar con lo que es, fue o podría haber sido.
Mira su mano y sabe que no es la suya propia, sabe de quién son esos ojos inyectados en sangre y esa alma abatida que observan. El íntimo conocimiento del ardid le sacude, y se estremece ante la visión del Ojo, con un grito de repulsa perdido entre el estruendo de susurros en sus oídos. Le dicen que él es el amo, y fingen inclinarse, pero él sabe la verdad. Sólo puede haber un Amo, y Sus siervos ahora rondan el fuego en busca de quién atrapar en Su red de mentiras.
Pero a éste no le engañarán tan fácilmente, escarmentado ya de las cientos de promesas y amenazas a las que ha plantado cara en lo que le parece una eternidad. Él sabe.
Solo. Está solo y eso no es nada nuevo, ¿no? Una nueva tarea que cumplir solo, a la cabeza de una interminable procesión de tareas. Siempre ha luchado solo, y ahora acabará solo. Así se hará.
Mira a aquellos pies y aquellos ojos, y ve con horror cómo se mueven hacia el abismo, acortando la distancia hacia las llamas como la negrura acorta la distancia a las montañas. Grita un aviso a aquel que camina hacia su perdición, como si en vez de verlo a través de los ojos de otro, lo viera con los suyos propios, y el hobbit le mira sin esperanzas, como resignado a caminar directo al olvido. Grita de nuevo, pero su garganta es cerrada por el fuego, y cubierta por las cenizas, y ahora también está solo.
Los murmullos en su corazón sacuden su mente con varias voces, todas ellas oscuras, todas ellas seductoras, todas ellas mentiras, todas ellas verdad. Le habéis enviado a morir, le dicen. ¿Es que nadie le va a salvar de su destino?
Mentís, le dice a los fantasmas susurrantes y ellos se ríen de él a través de dientes afilados que rezuman ácido y rechinan tras unos labios torcidos y ensangrentados. Sabes que es verdad, Hijo de Gondor, le responden riendo, y entonces desaparecen, y un sordo silencio desciende sobre su espíritu abatido.
Intenta gritar, pero su garganta se bloquea y él no es nada, nada en el silencio, el abismal vacío. La negrura le ahoga, y es derribado, cayendo a través del silencio; sin dirección, sin sentidos, sin conocimiento de lo que fue o lo que será. No hay nada, sólo el vacío sin fin y zozobra en él, asiéndose desesperado al dolor y al terror porque son todo lo que le queda a que aferrarse. Antes no entendía el significado de nada, pero ahora sí comprende, y el vacío reclama su mente, le conduce a través de la nada y le pierde en la negrura. Los sentidos le abandonan uno a uno, hasta que no siente nada más que al Otro, yaciendo oculto y esperando al borde de la oscuridad donde la nada da paso a la eternidad. Le guía, le arrastra. Siente que se le aproxima y se acurruca sobre sí mismo. No hay esperanza, ninguna esperanza, y abre la boca para gritar, y vuelve a cerrarla.
Se sobresalta al despertar, sorprendido al llenar sus pulmones de aire puro y fresco, y no de cenizas ardientes o del vacío asfixiante de sus sueños. Le tiembla la mano y le sube la bilis a la garganta. Las canciones en el aire, hace sólo unas horas tan hermosas a sus oídos, ahora le crispan y le atenazan el corazón. Se le llenan los ojos de lágrimas amargas.
Mentira, se dice a sí mismo. Es todo mentira.
Se endereza y mira a su alrededor, al pequeño cuerpo que yace dormido a poca distancia, entre una maraña de ramas entrelazadas, con el brazo de uno de sus primos echado protector sobre su pecho. Pequeños fuegos iluminan su pálida piel, la iluminan como si estuvieran en su interior y le hacen parecer como algo que no fuera de este mundo. Las cejas fruncidas, los puños apretados, - él no es el único que sueña esa noche.-
¿Qué es lo que ves? Se pregunta. ¿Sería ella tan cruel como para mostrarte lo que yo he visto? Tiene que ser ella la que penetra en su mente, porque la sóla idea de que tal invasión pudiera llevarlo el Otro le llena demasiado de horror.
Ya no dormirá más por esa noche.
Boromir se levantó, caminó con los pies descalzos por el césped para adentrarse en el área de calor de la hoguera. Se sentó apoyando la espalda contra la suave corteza del gran mallorn, colocando los codos sobre las rodillas y dejando caer la cabeza entre sus manos Aspiró grandes bocanadas de aire, exhalándolas en débiles suspiros hasta que finalmente recobró su respiración al ritmo normal. Le llegaba el calor del fuego, acariciándole la punta de los pies, y los flexionó delicadamente, tratando de conjurar el frío que se había adueñado de su piel, y facilitándole el camino hacia sus huesos.
Los sueños proféticos no eran algo a lo que estuviera acostumbrado. Un sueño no podía interponerse entre una flecha enemiga y la carne vulnerable, después de todo. Él era un hombre de hueso y de acero, - prefería los escudos sólidos y las espadas afiladas para abrirse paso entre sus enemigos.- La videncia era algo que reservaba a aquellos que se podían permitir el lujo de ponerse a reflexionar en tonterías. Entonces, de nuevo, ¿qué tenía de bueno la más sólida de las espadas, el brazo más fuerte, contra un enemigo que no salía a la luz, sino que prefería ocultarse en el corazón de un amigo? Era un sueño lo que le había llevado hasta allí, ¿no? Un sueño de espadas y de una débil luz, y de una mítica criatura surgida de las antiguas leyendas para tomar su lugar en el mundo cambiante.
Pero este mediano ya no era una criatura mítica. Era ahora un amigo y un camarada, con más bravura que la de muchos hombres aguerridos de Gondor, y con una fiereza de espíritu que refulgía a través de su piel, clavándose en aquellos que se atrevieran a mirarle de frente a los ojos.
Había observado a todos los hobbits en el viaje. Comenzó siendo mera curiosidad, mezclada tal vez con algo de recelo proveniente de un corazón predispuesto a ver debilidad en sus tamaños, y, por ello, el fracaso de la misión encomendada a ellos... a uno de ellos. Pero eso había sido antes de tener la ocasión de ser testigo de la fuerza alojada en sus corazones, de la sabiduría de sus vidas sencillas, del fuerte lazo que les unía y de algún modo se le contagiaba a todo aquel que viajara en su compañía. Podía sentir aquel amor como algo tangible, y ahora estaba admirado, y avergonzado al comprender su error.
Pero el Portador del Anillo era a quien más vigilaba de cerca, y cuanto más viajaban juntos, más se tornaba su respeto en profunda admiración. Más callado que los otros, este mediano, pero era porque no hablaba sólo con palabras. Sus susurros resonaban como gritos en su corazón, sus escasas risas eran como un cálido abrazo para el alma. Muchas veces Boromir había sido testigo del silencioso lenguaje del Portador del Anillo, como si llegara a tocar el corazón de cada uno de sus compañeros con nada más que un fugaz movimiento de ojos o un leve gesto de los labios.
La pérdida del mago pesaba terriblemente sobre él, pese a todo el consuelo que daba, extendiendo sobre aquellos que le rodeaban una especie de halo surgido de su piel misma para envolverles y confortarles. ‘Aquí tenemos una bonita piel de hobbit...’ había bromeado Aragorn al levantar el mithril del torso del Portador del Anillo para descubrir su pecho ennegrecido y sus costillas, la prueba de lo que podría haber ocurrido, y estuvo muy cerca de ocurrir. Merry había añadido: ‘¡Bendito sea el viejo hobbit!’ pero sus ojos habían buscado a los de su primo, llenos de oscuridad y preocupación. Y aun cuando sus heridas eran atendidas y la realidad del destino del mago reciente, Frodo había mirado a su joven primo y le había dicho sin palabras: No os dejaré, primo. Aún sigo aquí. Os quiero, y no me apartarán de vosotros tan fácilmente.
Boromir había observado aquella silenciosa comunicación, la pequeña sonrisa de alivio que cruzó el rostro del hobbit más joven, y ese sentimiento hizo eco en sí mismo. Aun cuando a Frodo le costaba respirar por el pecho magullado, se había esforzado por aliviar el miedo de sus parientes. Pero Boromir había visto también el gesto de dolor, contenido hasta que Merry se había girado para buscar a su otro primo más pequeño, y entonces se preguntó cuánto le habría costado haberle tranquilizado... y si al final esa mentira piadosa había sido lo más sabio.
¿Qué más ocultaba el Portador del Anillo en su corazón? ¿Qué pavorosa bestia refrenaba en su alma y cuánto más tiempo tendría las fuerzas para soportar sus ataques, para reparar el daño de sus garras a cada momento?
Sabes la verdad, Hijo de Gondor.
Boromir se estremeció. Cerró los ojos y volvió a apoyar la cabeza contra el árbol, sintiendo el eco de un suave zumbido a través de aquel ser vivo que le traspasaba la piel, tranquilizándole, calmando los latidos acelerados de su corazón, los susurros de su mente.
Sintió, más que oyó, que alguien se acercaba, y supo que no estaba solo. Abrió los ojos lentamente y giró la cabeza, posando la mirada en la figura apoyada contra un árbol a su lado. Unos ojos profundos y conscientes brillaban con el reflejo de la hoguera, y una leve sonrisa asomaba en el rostro.
- Veo que no soy el único que tiene problemas para dormir en esta tierra libre de preocupaciones,- dijo Frodo en voz baja.
Boromir le devolvió la sonrisa.- No estoy muy de acuerdo en lo de ‘libre de preocupaciones’, pero digamos que esta noche conciliar el sueño es... difícil.
-¿Conciliarlo o mantenerlo?
Boromir miró con los ojos muy abiertos a su compañero un instante, pero entonces sonrió de nuevo. Frodo le devolvió el gesto y siguieron callados un rato, contemplando las ascuas a sus pies. La música seguía presente en el aire, en forma de sonidos de grillos y pájaros, y desembocando en una canción. Ninguno se movió, simplemente se quedaron sentados contemplando cómo la noche seguía su curso a su alrededor.
- Gandalf podía crear un fuego del color que quisiera,- dijo Frodo suavemente al rato.- Le vi hacer fuegos azules sobre ascuas verdes, ¿puedes creerlo?- Sonrió ausente, dejando escapar una leve risita ahogada.
Boromir se quedó callado durante otro rato más largo, y entonces dijo: - Le extrañas,- no era una pregunta.
Una pausa, un lento y hondo aliento, y se oyó un “sí” apenas audible transportado en un suspiro.
-¿Y los demás?
Frodo meditó un momento, hundiendo perezoso la punta de los dedos del pie entre las cenizas al borde de la hoguera. – No le conocían tan bien.- Le sostuvo la mirada a Boromir.- Le querían, claro, pero creo que su caída les ha supuesto más un golpe para su confianza que para sus corazones.
-¿Dudan de Aragorn?- preguntó Boromir.
- No, no creo que sea así de simple,- dijo Frodo. – Creo que hasta que Gandalf no cayó, todos ellos... nosotros creíamos que mientras el mago estuviera a nuestro lado, nunca pasaría lo peor.- Hizo una pausa al fallarle la voz, entonces, cuando se hubo calmado, prosiguió:- Ya no tenemos esa ilusión para confortarnos.
Frodo miró a Boromir, y el hombre contuvo el aliento al reflejarse en aquellos ojos la desesperación de la que había sido testigo en su sueño. Desvió la mirada rápidamente al fuego, apartando ese recuerdo.
-¿Y seguirán adelante?
Una amarga sonrisa, un hondo suspiro. – Eso me temo.
-¿Preferirías que se quedaran aquí?
Frodo enmudeció un buen rato antes de responder.- Preferiría que todos estuvieran a salvo en casa.
-¿Y tú?
-¿Yo?- Frodo recogió algunas ramitas que había cerca de su mano y empezó a romperlas en trocitos pequeños.- Seguiré adelante, por supuesto.- Arrojó las ramas perezosamente, mirando cómo aterrizaban en las ascuas y eran consumidas por el fuego.- Cualquier otra cosa sería...
Se interrumpió, y Boromir no le insistió. Se quedaron de nuevo callados, oyendo el crepitar de las ramas que Frodo había arrojado a la hoguera.
- Yo me refería...- empezó de nuevo Boromir al poco,- ¿no preferirías quedarte tú también en casa a salvo?
Frodo se rió de aquello, y el sonido pareció agudo y crispado a los oídos del hombre.- Para mí el hogar ya no es más seguro que Moria, me temo. Sólo conseguiría ponerme en peligro, y poneros en peligro a todos los que viajáis conmigo.- Arrojó la última de las ramitas al fuego y se limpió las manos.- Conocen mi nombre, ¿sabes? ‘Él’ conoce mi nombre. Y sabe que yo lo tengo. Creo que lo único que no sabe de mí es lo que pretendo hacer.- Apoyó de nuevo la cabeza contra el árbol y miró a las ramas frondosas sobre su cabeza. En voz muy baja, concluyó: - Por el momento.
Boromir vio de nuevo la desesperación de su sueño alojada en los ojos de su compañero, y notó cómo se le cerraba la garganta por el miedo. Caza. No lo había visto de ese modo antes, pero ahora veía claramente la realidad en la predicción del mediano. ¿Cómo sería tener el ojo del mayor enemigo fijo en tu rastro, pisándote los talones? ¿Cómo sería llevar tal peso sobre la espalda y saber que estás siendo cazado, y se calle al desaliento sólo con una ciega fe en un camino sin esperanzas? ¿Cómo sería saber que cada bestia de la tierra te busca a ti y a lo que llevas, el mal sobre tu pecho llamándoles como el hedor a carne muerta a las aves de carroña, que tu única esperanza consiste en pasar inadvertido a sus ojos y avanzar siempre dos pasos por delante de ellos, si te acompaña la suerte y no flaquean tus fuerzas?
¿Es que nadie le va a salvar de su destino?
Apretó los dientes y sacudió la cabeza para despejarla. Sintió un temblor que nacía de la base de su columna, y lo reprimió.
-¿Y tú qué?- Frodo rompió el silencio.
Boromir abrió los ojos, y miró a las llamas. - ¿A qué te refieres?
- No es tu obligación,- explicó Frodo.- ¿Seguirás adelante?
Maldiciones guturales, el restallido de un látigo. Piedras afiladas contra su maltrecha carne, helada y quemada todo a la vez.
Se aclaró la garganta. – Soy un Capitán de Gondor,- dijo muy serio.- He dado mi palabra de acompañarte y protegerte hasta que nuestros caminos se bifurquen. Seguiré adelante.
Frodo cruzó su mirada y se la sostuvo.- Hay cosas de las que no puedes protegerme.
Asfixiado por la ceniza, el dolor, la maldición terrible e inexorable a cada paso. La maldad arremete contra su mente, se le mete entre los huesos y no hay escapatoria, no hay respiro, no hay refugio. Pero aun cuando las rocas se le clavan en la carne de sus rodillas sigue haciéndole frente, y rechaza Su llamada.
- Entonces te protegeré de cuanto pueda y velaré por tus seres queridos,- respondió.
Frodo siguió manteniéndole la mirada, pero entonces la apartó hacia el fuego y asintió.
Tenía que haber alguna otra opción. Aquél no podía ser el único camino. Elfos, magos... ¿qué saben ellos de los asuntos de los Hombres? ¿O de los Hobbits? ¿Quiénes eran para decidir el destino de todo el mundo cuando ellos mismos se aíslan de él para languidecer en sus exuberantes tierras repletas de sueños del pasado? ¿Acaso no les parecía bien el esfuerzo del Portador del Anillo? ¿Acaso no veían lo que Boromir, día tras día, y en cambio condenaban al hobbit a un viaje sin esperanza que no podía acabar sino en un corazón roto, la pena y la muerte? Por supuesto que habían cometido un error. Habían obligado al mediano a una promesa imposible y ahora luchaba para cumplir la palabra a la que ellos tan cruelmente le habían comprometido, instándole a cumplir con una tarea que no podría acabar. Habían dejado que sus miedos y su cobardía les nublaran el sentido, porque ellos mismos no se atrevían a proteger a aquel que lentamente se iba haciendo añicos bajo ese peso. La carga mataría a su Portador, le vaciaría, le devoraría desde dentro; y ellos, los grandes, quienes habían hecho girar esta rueda del destino, ¿se arrepentirían una vez que el mediano fuera aplastado debajo? Boromir pensó que no.
Estaban utilizando a este mediano, a su compañero, a su amigo, como una herramienta para sus propios fines, y no les importaba lo que sufriera porque eran unos insensibles. No le veían más que como a un recipiente donde llevar la carga y luego hacerla añicos en silencio y sin lamentaciones cuando fallara, como seguramente pasaría al final. El hombre se sintió furioso por el trato a su amigo, y se preguntó si el mediano no albergaría esas mismas ideas en su interior. ¿O la pureza de su corazón no le permitía recelar de aquellos que le habían puesto en este camino?
Boromir no era tan generoso. Él era el hijo de Denethor II, y como tal sentía una sana sospecha hacia cualquiera que se jactase de saber mejor que él lo que era bueno o malo para su gente,- especialmente hacia aquellos que aceptaban la protección de sus ejércitos mientras se mantenían callados y arrogantes tras sus propias fronteras. Si alguien estaba en posesión de la verdad, ése era Denethor, que conocía el avance del enemigo no por marcas en antiguos manuscritos, sino a través de la sangre derramada a sus pies y los gritos de los heridos en el campo de batalla. Y también en Boromir, cuyas botas aún estaban manchadas por los campos cubiertos de muertos, cuyas manos empuñaban una espada que segaba sin piedad a toda clase de oficiales enemigos, cuya voz había guiado a los hombres a la perdición, pero con sus cabezas bien altas y la paz de los justos en sus corazones.
No podía confiar en aquellos que no sabían lo que le estaban pidiendo al mediano. O aun peor, que lo sabían y se lo pedían de todos modos. Los Hombres no piden esas cosas. Los Hombres habrían respondido por sí solos a la llamada y no habrían confiado semejante carga a alguien cuyo corazón estaba hecho para el fuego del hogar y las canciones alegres, no para los caminos hostiles y una desesperación tan profunda que podías caerte dentro para siempre si no andabas con cuidado. Denethor no habría pedido tal cosa. Denethor habría aliviado a Frodo de su carga, le habría recompensado con consuelo y el fin de las frías noches de fuegos demasiado pequeños para ofrecer descanso, habría aliviado sus miedos arrancándoselos de su pecho a cada aliento. Denethor habría proclamado al Portador del Anillo Salvador, honrándole con orgullo y gratitud, agasajándole con riquezas y con el respeto de su pueblo... y Boromir lo contemplaría todo y sonreiría, sabiendo que su amigo había sido salvado de un final terrible y solitario, y, en cambio, había salvado su ciudad y su gente de un enemigo derrotado por su propia maligna creación.
No pudo seguir conteniendo su lengua por más tiempo. - Ahora el camino es incierto para ti,- dijo en voz baja.- ¿No has considerado otro? Frodo no dijo nada, sólo siguió mirando al fuego.
- Temo que camines hacia tu muerte, Frodo,- insistió en un susurro ahogado.
- Si se trata de mi muerte, es mi elección, Hombre de Gondor,- hubo tirantez en su voz, como una advertencia.
- No,- replicó Boromir.- Yo estaba en el Concilio. Vi cómo te negaban todas las elecciones hasta que aceptaste tu perdición. Ahora de tu destino dependen el de tus compañeros y el del mismo mundo. Has de tener cuidado, porque el menor traspiés puede llevarnos a la ruina.
-¿De verdad has creído por un momento que no he pensado en eso?- siseó Frodo.
El hollín cubre su garganta mientras se abre paso por el aire ennegrecido. Las voces se cuelan en sus oídos, llegan a su cerebro, quiebran su espíritu hasta hacerlo sangrar con garras crueles y frías.
Boromir apretó los puños e inspiró hondo. – No, Frodo,- fue su respuesta. – Estoy seguro de que no habrás pensado en otra cosa,- miró al hobbit a su lado y se le rompió el corazón de la pena. ¡Qué ingenuo valor, qué desmesurada fe en su noble causa! Boromir se sintió de nuevo admirado de la bravura de aquel pequeño ser a su lado, y le enfureció esa terca confianza en las palabras de aquellos que no sabían nada.
-¿Qué te mostró, Frodo?- preguntó en voz baja.
Frodo se volvió hacia él, mirando severo a sus ojos.- Nada que desee compartir.
Boromir le sostuvo la mirada imperturbable.- ¿Te digo lo que yo vi?- preguntó.
Frodo siguió clavándole los ojos sin ceder. La luz del fuego brillaba sobre él, como una aureola surgiendo de su piel que le bañara en luz dorada; le imprimía a sus ojos un fiero brillo que sorteó la corta distancia entre ellos para alcanzar al hombre. Mientras Boromir le miraba, la luz creció y pareció latir con el pulso del corazón del Portador del Anillo. Las sombras se le marcaron bajo los pómulos y Boromir pudo ver cómo la mandíbula se le apretaba y aflojaba. Por un breve momento parecía como si la luz creciera y se volviera blanca y ardiente, entonces desapareció bajo unas sombras más negras que la noche, y el mediano quedó iluminado una vez más por el resplandor no más mágico que el de la simple hoguera. Los ojos del Portador del Anillo le soltaron, y el hombre bajó la mirada.
- No,- dijo Frodo al fin, y se puso en pie. – Buenas noches, Boromir.
Boromir permaneció donde estaba, contemplando perezosamente el paso del tiempo mientras el azul índigo de la noche se desvanecía lentamente, sucumbiendo a la línea rosada del inminente amanecer. No se dio cuenta de que el fuego se había consumido hasta que sintió el helor en su piel.
¿Es que nadie le va a salvar de su destino?
Ah, pero no soy yo quien debe decidir. Su destino está sellado y sus elecciones son suyas. Su corazón es sincero. Sus intenciones nobles. Lo conseguirá.
Sabes la verdad, Hijo de Gondor.
Sé lo que me habéis mostrado, y es mentira. Su alma es incorruptible. Lo conseguirá.
Sintió unas risas socarronas por debajo de la piel, y cerró los ojos, impaciente por que el sol asomara capaz de alejar la oscuridad aun tras los párpados. Tembló y se abrazó a sí mismo, encogiendo las rodillas y apoyando contra ellas la cabeza.
Sabes la verdad, Hijo de Gondor.
Boromir apretó los puños y lloró.
Translated to Spanish by Balboa
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